El buceo de saturación nació de una idea sencilla formulada en los años cincuenta: si los tejidos se saturan de gas inerte, mantener al buzo bajo presión no aumenta el tiempo de descompresión. De los experimentos militares y de los hábitats submarinos de los sesenta pasó, en apenas una década, a sostener la explotación petrolífera del Mar del Norte.
Pocas técnicas industriales han pasado tan rápido del laboratorio al trabajo diario. En 1957 la saturación era una hipótesis fisiológica; en los años setenta ya era la única forma de mantener en pie la infraestructura submarina del Mar del Norte. Entender ese recorrido explica muchas cosas del oficio actual, incluidas algunas de sus reglas más estrictas.
El punto de partida es un hecho fisiológico. Cuando una persona respira gas a presión, los tejidos absorben gas inerte hasta alcanzar un equilibrio. Llegado ese punto, la saturación, seguir bajo presión no añade más gas disuelto, y por tanto no alarga la descompresión necesaria.
La consecuencia práctica es enorme: descomprimir a un buzo cuesta lo mismo tras un día que tras un mes. Si en lugar de subir y bajar cada jornada se mantiene al buzo presurizado durante semanas, se elimina el cuello de botella que hacía inviable el trabajo profundo prolongado. Esa es, en una frase, la lógica que explicamos en qué es un buzo de saturación.
El médico de la Marina estadounidense George F. Bond fue quien impulsó la demostración sistemática de ese principio en un programa de experimentos conocido como Genesis, desarrollado a finales de los años cincuenta y comienzos de los sesenta, primero con animales y después con voluntarios humanos en cámaras hiperbáricas.
La década siguiente fue de exploración febril, con dos líneas paralelas.
Por un lado, los hábitats submarinos. El equipo de Jacques-Yves Cousteau desarrolló la serie Conshelf a partir de 1962, con estructuras habitadas a profundidades crecientes en el Mediterráneo, el mar Rojo y, en 1965, cerca del cabo Ferrat, donde un equipo de oceanautas vivió y trabajó alrededor de un centenar de metros durante semanas. La Marina estadounidense siguió con SEALAB, con instalaciones sucesivas en 1964, 1965 y 1969.
Aquellos programas tenían un objetivo mixto, entre científico y propagandístico: demostrar que el ser humano podía habitar el fondo marino. También demostraron su coste. SEALAB III terminó en 1969 con la muerte del buzo Berry Cannon durante una intervención para reparar una fuga, y el programa se canceló.
Por otro lado, los récords de profundidad. En 1962, el investigador suizo Hannes Keller realizó una inmersión experimental extraordinariamente profunda frente a la costa californiana con mezclas de su propio diseño. La inmersión alcanzó su objetivo, pero acabó en tragedia con la muerte de su acompañante, el periodista británico Peter Small.
La lectura de conjunto de esos años es incómoda y honesta: la saturación se validó a un precio humano alto, y buena parte de la cultura de procedimientos del sector actual nace de ahí.
Lo que convirtió la saturación en industria no fue la ciencia, sino el petróleo. El desarrollo de yacimientos en el Mar del Norte exigía instalar y mantener estructuras a profundidades y en condiciones donde el buceo convencional no daba abasto, y lo exigía deprisa.
La demanda disparó la construcción de sistemas de saturación embarcados, primero en plataformas y barcazas y después en buques diseñados para ello. Aparecieron las empresas que todavía hoy vertebran el sector y se formó la primera generación de buzos profesionales de saturación, con un aprendizaje que en muchos casos fue sobre la marcha.
Fue una época de expansión rápida y de siniestralidad elevada. El Mar del Norte de aquellos años es el origen de la reputación del oficio, para bien y para mal, y sigue siendo su capital, como contamos en este artículo. En paralelo, en Francia, la empresa Comex desarrolló un programa de investigación en profundidad extrema que llevó a cabo inmersiones experimentales muy por debajo de las cotas de trabajo habituales, tanto en el mar como en cámara.
Dos sucesos marcaron el giro hacia la cultura de seguridad actual.
El primero, la descompresión explosiva ocurrida en 1983 en el sistema de saturación de la plataforma Byford Dolphin, en aguas noruegas, cuando la apertura indebida de una escotilla mientras el sistema estaba presurizado causó la muerte instantánea de cuatro buzos y de un asistente de cámara. El caso transformó los procedimientos de transferencia y los enclavamientos mecánicos de los sistemas.
El segundo, aunque no fue un accidente de buceo, fue el incendio de la plataforma Piper Alpha en 1988, que reorganizó por completo la regulación de la seguridad offshore británica y, con ella, el marco en el que trabajan los buzos. Lo tratamos en detalle en qué pasó en Piper Alpha.
De ese periodo procede también la consolidación de los códigos de práctica sectoriales y del papel de la asociación internacional de contratistas marinos que describimos en qué es IMCA.
A partir de los años ochenta, la irrupción de los vehículos operados a distancia cambió el reparto de tareas. Las profundidades extremas y los trabajos de observación pasaron a la máquina, y el buceo humano se concentró en el rango de profundidad y en las tareas donde la intervención manual sigue siendo más eficaz. Ese equilibrio, que sigue moviéndose, lo analizamos en ROV frente a buzo.
Al mismo tiempo, la profesión se ordenó: esquemas de certificación reconocidos, exigencia médica anual, límites normalizados de duración de campaña, sistemas con redundancia y cápsulas hiperbáricas de rescate. El resultado es un oficio que sigue siendo exigente pero que se parece poco al de los años setenta. Los itinerarios actuales están en certificaciones y en cómo ser buzo comercial.
El mapa geográfico también se amplió: del Mar del Norte a Brasil, África Occidental, Golfo Pérsico, sudeste asiático y Australia, un panorama que recorremos en dónde se trabaja en buceo de saturación.
Queda la técnica, prácticamente intacta en su principio: comprimir, vivir presurizado, trabajar por turnos desde una campana y descomprimir una sola vez al final. Y queda una cultura profesional construida sobre errores caros, que explica por qué en este oficio los procedimientos se cumplen al pie de la letra y por qué nadie improvisa.
Para quien entra hoy en el sector, esa historia no es folclore. Es la razón de que existan las reglas que va a encontrar.
Entre los años setenta y noventa se desarrollaron programas de investigación destinados a averiguar hasta dónde podía llegar un ser humano trabajando bajo presión. Se realizaron inmersiones experimentales en cámara y algunas operativas en el mar a profundidades muy superiores a las de la actividad comercial habitual, con mezclas especiales y compresiones extremadamente lentas para mitigar el síndrome nervioso de alta presión.
Aquellos programas establecieron algo importante: existe un techo práctico. Más allá de cierta profundidad, los efectos fisiológicos de la presión, la densidad del gas y el tiempo necesario para comprimir y descomprimir hacen que la intervención humana deje de ser razonable frente a la alternativa robótica.
Por eso el trabajo comercial de saturación se concentra en un rango de profundidad determinado, y lo que queda por debajo pertenece a las máquinas. No es una limitación tecnológica pendiente de resolver, sino una frontera fisiológica bastante estable.
Hay una lectura útil para el aspirante. La primera generación aprendió sobre la marcha y pagó por ello; la actual hereda un cuerpo de conocimiento que le permite hacer un trabajo peligroso con un riesgo controlado, siempre que respete el método.
De ahí la insistencia del sector en la certificación reconocida, en el registro riguroso de las inmersiones y en la trazabilidad de todo lo que se hace. No es burocracia: es la forma en que una industria pequeña conserva lo aprendido.
Y hay un segundo aprendizaje, menos técnico: la saturación existe porque resultó rentable, y su volumen de trabajo ha seguido siempre a la inversión en infraestructura submarina. Entender esa dependencia ayuda a leer el mercado con realismo, algo que aplicamos en cuántos buzos de saturación hay en el mundo.
La formulación sistemática del principio y su demostración experimental se atribuyen al médico de la Marina estadounidense George F. Bond, impulsor del programa Genesis a finales de los años cincuenta y comienzos de los sesenta, primero con animales y después con voluntarios humanos en cámara.
Fueron hábitats submarinos experimentales de los años sesenta. Conshelf, del equipo de Jacques-Yves Cousteau, y SEALAB, de la Marina estadounidense, buscaban demostrar que era posible vivir y trabajar durante periodos prolongados bajo presión en el fondo marino.
En los años setenta, impulsada por el desarrollo de los yacimientos petrolíferos del Mar del Norte. La necesidad de instalar y mantener estructuras submarinas a profundidades importantes convirtió una técnica experimental en un servicio industrial en muy poco tiempo.
En 1983, en el sistema de saturación de esa plataforma en aguas noruegas, la apertura indebida de una escotilla con el sistema presurizado provocó una descompresión explosiva que causó la muerte de cuatro buzos y de un asistente de cámara. El caso cambió los procedimientos de transferencia.
Porque las normas actuales proceden en gran medida de accidentes concretos. Los enclavamientos de las escotillas, los límites de campaña, la exigencia médica y los procedimientos de transferencia responden a fallos documentados del pasado.
El principio no ha cambiado: comprimir, vivir presurizado, trabajar desde una campana y descomprimir una sola vez al final. Lo que ha cambiado es el entorno: sistemas más seguros y redundantes, estándares de certificación, control médico y el reparto de tareas con los vehículos operados a distancia.
Publicado el 22 de agosto de 2026 · Por Arthur More, buzo de saturación profesional