El oxígeno deja de ser inofensivo cuando su presión parcial sube. Por encima de cierto umbral daña el pulmón de forma lenta y, más arriba, puede provocar convulsiones sin aviso. En buceo profesional la mezcla se calcula y se mide en continuo para mantener la presión parcial en una ventana estrecha y segura.
Quien empieza en buceo profesional tarda poco en descubrir que el oxígeno no se trata como un bien que cuanto más, mejor. Se trata como un fármaco: con dosis, con ventana terapéutica y con toxicidad conocida. Toda la arquitectura de mezclas del buceo de saturación gira alrededor de esa idea.
Respirar aire al nivel del mar significa respirar oxígeno a una presión parcial de unos 0,21 bar. Ese mismo aire a 40 metros de profundidad, donde la presión absoluta es de cinco bar, entrega oxígeno a 1,05 bar: cinco veces más, con el mismo porcentaje en la botella. La molécula no ha cambiado; ha cambiado cuántas hay por unidad de volumen y, con ello, la carga que recibe el organismo.
De ahí la regla que gobierna todo: lo que se controla es la presión parcial de oxígeno, no la fracción. La consecuencia inmediata es que a gran profundidad las mezclas contienen porcentajes de oxígeno que en superficie serían asfixiantes. A 150 metros, mantener una presión parcial en torno a 0,4 bar exige una mezcla con apenas un dos y medio por ciento de oxígeno. Ese gas mataría a cualquiera en superficie por hipoxia y es exactamente lo que el buzo necesita allí abajo.
Es la aguda, la que impone el techo. Aparece con presiones parciales elevadas y su manifestación más grave es una convulsión de tipo tónico-clónico que llega, con frecuencia, sin pródromos claros. Bajo el agua, con un casco y un umbilical, una convulsión es una emergencia mayor: hay riesgo de pérdida del suministro, de ahogamiento y de ascenso incontrolado.
Cuando hay signos previos, suelen ser los que la mnemotecnia anglosajona resume como VENTID: alteraciones visuales, zumbido de oídos, náuseas, contracciones musculares —clásicamente en la cara y los párpados—, irritabilidad y mareo. Confiar en ellos como sistema de alarma es un error: la mitad de los casos documentados no los presentó.
El riesgo depende de la presión parcial y del tiempo de exposición, y aumenta con el ejercicio, con la retención de dióxido de carbono y con el frío. Los límites operativos de la industria dejan un margen amplio respecto al umbral experimental precisamente por esa variabilidad.
Es la crónica y la que condiciona la vida en la cámara. Exposiciones prolongadas a presiones parciales moderadamente elevadas irritan el epitelio de las vías respiratorias: tos seca, escozor retroesternal, sensación de opresión y, si se prolonga, descenso medible de la capacidad vital. Es reversible si se corta a tiempo, pero se acumula a lo largo de días.
Para gestionarla se usa el concepto de dosis acumulada de oxígeno, contabilizada en unidades de tolerancia pulmonar. El técnico de soporte vital lleva ese cómputo turno a turno, igual que lleva el balance de dióxido de carbono y de humedad. En una campaña de varias semanas esa contabilidad no es un formalismo: es lo que permite mantener a un equipo a presión sin deteriorar su función pulmonar.
En un sistema de saturación conviven dos regímenes distintos:
El ajuste entre ambos regímenes lo ejecuta el panel de gas, que dosifica oxígeno y helio de forma continua y lee analizadores en línea. En buceo desde superficie con suministro de aire o de mezcla, el mismo principio se aplica limitando la profundidad máxima según la mezcla embarcada.
Una mezcla se calcula sobre el papel, se prepara en el cuadro de botellas y se analiza antes de conectarla. Aun así, en el sistema se sigue midiendo sin parar. La razón es que el consumo del buzo, las fugas, la reposición de gas y la propia dinámica del circuito hacen que la composición derive. Un analizador con deriva no detectada, una botella mal etiquetada o una línea cruzada son fallos que han provocado accidentes reales en la industria.
Por eso el procedimiento estándar incluye analizadores redundantes, calibración documentada, doble verificación de conexiones y registro de valores a intervalo fijo. Es un trabajo tedioso y es, en la práctica, la barrera que impide que un error de cálculo llegue hasta el pulmón de alguien. La cultura de comprobación cruzada que describen las guías de IMCA nace de sucesos concretos, no de la teoría.
Conviene cerrar con el otro lado de la moneda: el oxígeno a presión elevada es también la herramienta terapéutica principal frente a la enfermedad descompresiva y el embolismo gaseoso. Las tablas de recompresión emplean deliberadamente presiones parciales altas, con pausas de aire intercaladas para reducir el riesgo de convulsión. Es la misma sustancia y la misma física; lo que cambia es que ahí la dosis se administra bajo control médico y con un beneficio que compensa el riesgo.
Entender esa dualidad —recurso y peligro según la dosis— es una de las primeras cosas que se aprende en la formación de buzo comercial y una de las que mejor explican por qué en el equipamiento de buceo profesional hay tanto instrumento dedicado a medir lo que se respira.
El oxígeno no viaja solo, y controlarlo bien no basta si se descuida el resto de la mezcla. Dos parámetros más se vigilan con la misma insistencia.
Es el contaminante que más deprisa se vuelve peligroso. Un exceso de dióxido de carbono produce cefalea, disnea, confusión y, a presión, aumenta de forma marcada la susceptibilidad a la toxicidad del oxígeno por el sistema nervioso central. Su origen puede ser un depurador agotado, un caudal de ventilación insuficiente en el casco o, sencillamente, un buzo trabajando muy duro. Se mide en continuo en la campana y en las cámaras, y su control es una de las funciones principales del equipo de soporte vital.
El error contrario y menos comentado. Una mezcla profunda con un dos por ciento de oxígeno es perfectamente respirable a 150 metros y letal en superficie. Por eso los procedimientos de manipulación de botellas de mezcla profunda incluyen etiquetado inequívoco, almacenamiento separado y verificación antes de conectar: el accidente clásico no es respirar demasiado oxígeno abajo, sino respirar gas de fondo arriba.
Ese es también el motivo de que los ascensos y descensos no sean simples cambios de profundidad, sino cambios de régimen de gas que hay que planificar. La mezcla correcta a una profundidad puede ser inadecuada veinte metros más arriba, y la responsabilidad de ese ajuste es del panel de gas.
Es la fracción de la presión total que corresponde al oxígeno. Se obtiene multiplicando el porcentaje de oxígeno de la mezcla por la presión absoluta a la que se respira. Es el valor que determina el efecto fisiológico, no el porcentaje por sí solo.
La pulmonar es lenta y acumulativa: irrita las vías respiratorias y reduce la capacidad vital tras exposiciones prolongadas. La del sistema nervioso central es aguda y puede provocar una convulsión con poco o ningún aviso previo a presiones parciales altas.
Porque a gran profundidad la presión absoluta multiplica el efecto de cada molécula. A 150 metros basta un dos y medio por ciento de oxígeno para alcanzar una presión parcial equivalente al doble de la del aire en superficie.
A veces aparecen signos previos —alteraciones visuales, zumbidos, náuseas, contracciones faciales, mareo—, pero una parte importante de los casos documentados no los presentó. Por eso el control se basa en medir la mezcla, no en esperar síntomas.
En reposo se mantiene baja y estable, en el entorno de 0,4 bar, para limitar la dosis pulmonar acumulada durante las semanas de campaña. Durante el trabajo desde la campana se eleva algo, porque la exposición dura horas.
Porque a presión elevada acelera la eliminación del gas inerte disuelto y mejora la oxigenación de los tejidos afectados. El tratamiento se administra bajo control médico, con pausas de aire intercaladas para reducir el riesgo de convulsión.
Publicado el 24 de agosto de 2026 · Por Arthur More, buzo de saturación profesional