El acero en agua de mar se corroe por un proceso electroquímico, y la forma de detenerlo es electroquímica también: darle electrones desde otro metal que se sacrifica, o desde una fuente externa. Comprobar que ese sistema funciona es uno de los trabajos de inspección más habituales del buzo, y consiste en medir potenciales eléctricos punto por punto.
El acero sumergido en agua de mar tiene un problema termodinámico: quiere volver a ser óxido. La corrosión no es un accidente ni un defecto de fabricación, es la tendencia natural del material a regresar a su estado más estable, y el agua salada es un electrolito excelente para que ocurra rápido.
Toda la infraestructura marina del mundo —plataformas, cascos, buques, pilas de muelle, compuertas, tuberías— vive peleada con ese proceso. Y una parte considerable del trabajo de inspección submarina consiste en comprobar que esa pelea se está ganando.
La corrosión en agua de mar es un fenómeno electroquímico. Sobre la superficie del acero se establecen zonas donde el metal cede electrones y se disuelve —las zonas anódicas— y zonas donde esos electrones se consumen en otra reacción —las catódicas—. El agua salada cierra el circuito, porque conduce.
El resultado es que el metal desaparece de las zonas anódicas. En algunos casos de forma uniforme, en otros concentrada en puntos, que es la variante más peligrosa porque perfora sin avisar y sin pérdida apreciable de peso total.
Cualquier heterogeneidad favorece el proceso: la unión de dos metales distintos, un cordón de soldadura con composición diferente al material base, un recubrimiento arañado, una zona con más oxígeno que otra. La zona de salpicaduras, donde el acero alterna aire y agua con cada ola, es tradicionalmente la más castigada de toda una estructura.
La idea de la protección catódica es elegante. Si el acero se disuelve porque cede electrones, basta con dárselos desde otro sitio para que deje de hacerlo. Toda la estructura pasa a comportarse como cátodo, y la disolución se traslada a otra parte.
La forma más común de conseguirlo es conectar a la estructura bloques de un metal menos noble que el acero, habitualmente aleaciones de aluminio o de zinc. La diferencia natural de potencial entre ambos hace que los electrones fluyan hacia el acero, y el bloque se corroa en su lugar.
De ahí el nombre: se sacrifica. Los ánodos se consumen con el tiempo y hay que sustituirlos, y el ritmo al que se consumen es un dato de diseño. Un ánodo que ha desaparecido antes de lo previsto indica que estaba protegiendo más superficie de la calculada, lo que suele significar recubrimiento en mal estado.
Su gran ventaja es que no necesita nada: ni energía, ni control, ni mantenimiento más allá de reponerlos. Por eso es el sistema estándar en estructuras offshore, en fondeos y en cascos de buque.
La alternativa es alimentar el sistema desde fuera. Una fuente de corriente continua inyecta electrones a la estructura a través de ánodos que no se consumen, y un sistema de control ajusta la intensidad para mantener la protección en el nivel adecuado.
Permite regular, dura más y es eficiente en superficies muy grandes, pero exige energía, cableado, instrumentación y personal que sepa mantenerlo. Y añade un riesgo que el sistema pasivo no tiene: hay corriente eléctrica en el agua.
Saber si un sistema de protección catódica funciona no se puede hacer a ojo. Se hace midiendo el potencial eléctrico de la estructura respecto a un electrodo de referencia sumergido en el agua.
El principio es sencillo: el electrodo de referencia proporciona un valor estable con el que comparar, y la diferencia entre él y la estructura indica si el acero está recibiendo protección suficiente. La norma aplicable define el rango de potencial considerado protegido, y el criterio concreto depende de esa norma, del material y de las condiciones, así que dar un número sin decir de dónde sale es engañoso.
Lo que sí es universal es el método de trabajo. Se mide en muchos puntos, no en uno: la protección no se distribuye igual por toda la estructura, y lo que interesa es encontrar las zonas donde el potencial se sale del rango. Cada medida se identifica con su posición exacta, se registra y se compara con las campañas anteriores, exactamente igual que en cualquier inspección visual documentada.
Existen instrumentos de contacto, que requieren tocar el acero limpio con una punta, y otros de proximidad que no lo necesitan. Los primeros dan mejor lectura pero obligan a limpiar; los segundos rinden más en barridos largos. La elección está en el procedimiento.
La medición de potenciales es la parte cuantitativa, pero la inspección del sistema incluye también lo evidente. Se comprueba cuánto material queda en cada ánodo y si su consumo es coherente con el previsto. Se verifica que la conexión eléctrica entre el ánodo y la estructura sigue íntegra, porque un ánodo intacto pero desconectado no protege nada, y es uno de los hallazgos más frecuentes.
Se revisa el estado del recubrimiento, porque recubrimiento y protección catódica trabajan juntos: la pintura hace el grueso del trabajo y el sistema catódico cubre los poros y los arañazos. Cuando el recubrimiento se degrada, el consumo de ánodos se dispara.
Y se anota cualquier cosa rara: acumulación de depósitos calcáreos en zonas concretas, que suele ser señal de protección funcionando, o ausencia de ellos donde debería haberlos.
Aquí hay una advertencia que ningún buzo debería tomarse a la ligera. Un sistema de corriente impresa mete corriente eléctrica en el agua, y un buzo en el agua es parte del medio conductor.
Por eso, cuando se va a bucear cerca de un sistema de corriente impresa, ese sistema se aísla y se bloquea antes, y ese aislamiento consta por escrito en el permiso de trabajo con la firma de quien lo ha ejecutado. No es un trámite: es la barrera que separa una inmersión rutinaria de un accidente eléctrico.
Los ánodos de sacrificio no plantean ese problema, pero sí conviene tratar con normalidad profesional los productos de corrosión acumulados y usar el equipo de protección previsto, sobre todo cuando la manipulación implica retirar material degradado.
Aunque suene a laboratorio, la protección catódica se cruza con casi todos los trabajos submarinos habituales. En la limpieza de cascos hay que trabajar sin arrancar los ánodos ni dañar el recubrimiento, y hay que informar del estado en que se encuentran. En las inspecciones de estructura offshore, la medición de potenciales va en el mismo paquete que la inspección visual porque aprovecha los mismos puntos de acceso.
En obra portuaria y en obra civil sumergida aparece asociada a tablestacas, pilotes y compuertas, con la particularidad de que en agua dulce o salobre la conductividad cambia y con ella el comportamiento del sistema. Y en cualquier trabajo de soldadura o de reparación estructural hay que reponer después la protección que la intervención haya destruido, algo que se olvida con más frecuencia de la que sería razonable.
Reponer ánodos es, de hecho, una tarea de buceo en sí misma: se retiran los consumidos, se prepara la superficie, se sueldan o se atornillan los nuevos y se verifica la continuidad eléctrica. Es trabajo repetitivo, bien pagado y con demanda constante, porque ningún ánodo dura para siempre.
La protección catódica es uno de esos conocimientos que separan al buzo que ejecuta del buzo que entiende. Quien sabe por qué mide, dónde tiene sentido medir y qué significa una lectura anómala aporta algo que el cliente valora, y acaba en la parte técnica del oficio.
Es además un contenido central de las certificaciones de inspección submarina, que son la vía más transitada para pasar de la obra pesada a la inspección y, con ello, para alargar la carrera. Muchos buzos descubren tarde que el trabajo mejor pagado del sector no siempre es el que más músculo exige.
Un método para evitar la corrosión del acero sumergido haciendo que toda la estructura actúe como cátodo de una celda electroquímica. Al recibir electrones de otra fuente, el acero deja de cederlos y por tanto deja de disolverse.
Un bloque de un metal menos noble que el acero —habitualmente aleaciones de aluminio o de zinc— conectado eléctricamente a la estructura. Se corroe él en lugar del acero, y por eso se consume y hay que reponerlo.
La corriente impresa usa una fuente de alimentación externa y ánodos que no se consumen, en lugar de aprovechar la diferencia natural entre dos metales. Permite regular la protección, pero necesita energía, control y mantenimiento eléctrico.
Midiendo el potencial eléctrico de la estructura respecto a un electrodo de referencia sumergido. Si el potencial está dentro del rango de protección definido por la norma aplicable, el sistema cumple; si está por encima, hay zonas desprotegidas.
En sistemas de corriente impresa sí existe riesgo eléctrico, y por eso su aislamiento antes de bucear cerca es un requisito del permiso de trabajo. Los sistemas de ánodos de sacrificio no presentan ese riesgo, pero el contacto con ánodos degradados y sus productos exige las precauciones habituales de higiene.
Porque el recubrimiento hace el trabajo grueso y la protección catódica cubre lo que el recubrimiento no alcanza: poros, arañazos y zonas dañadas. Juntos consumen mucho menos ánodo que la protección catódica sola.
Publicado el 1 de septiembre de 2026 · Por Arthur More, buzo de saturación profesional